Llegó la hora de irse, Presidente.
Luiz Inácio Lula Da Silva se despide del Palacio de Planalto como el mandatario más popular de América Latina: 82% de aprobación, según el más reciente informe de Datafolha (octubre 2010). Un fenómeno político que ha logrado enamorar a millones de personas, y al mismo tiempo liderar con pragmatismo a un gigantesco y complejo país hasta la primera fila de la geopolítica global.
¿Quién es Lula? Antes que nada es el obrero, el dirigente sindical metalúrgico, que gobernó durante 8 años a la décima potencia económica del planeta. Pero también es el líder pragmático, que concretó alianzas con los más poderosos para fomentar el crecimiento del tejido industrial brasileño. Es el político hecho a si mismo, que perdió tres elecciones, aprendió de los errores y conquistó el poder con gallardía y perseverancia. Es el visionario, que sembró la semilla del futuro petrolero carioca. Es el héroe, que alcanzó el sueño del Mundial 2014 para Brasil, y las Olimpiadas 2016 para Río de Janeiro.
Para la mayoría de los brasileños, Lula Da Silva es mucho más que un simple (ex)presidente; es un líder admirado, que ha sabido irse cuanto le tocaba, y que desde el retiro seguirá ejerciendo una poderosa influencia en todo el continente. Y mucho ha tenido que ver en esto el éxito de su gestión de gobierno, especialmente en política económica y social: reducción de la pobreza de un 40% hasta un 26%, incorporación a la clase media de 10 millones de brasileños, control de la inflación y de la deuda externa, multiplicación por cinco del flujo de exportaciones, descubrimiento de gigantescos yacimientos petroleros…
Pero la imagen construída alrededor de la figura de Lula Da Silva se debe, además, al reforzamiento de un estilo de liderazgo que le ha permitido conectar con millones de personas. Cada intervención, cada discurso, cada transmisión televisiva, cada evento comunicativo llevaba la intención de reforzar ese perfil cercano, bienhechor, de hombre llano y directo, que se hizo a si mismo en una vida de lucha y superación, cómodo a la corta distancia, fraternal y sencillo. Así se ha construído alrededor de Lula el arquetipo del padre protector de los brasileños. Un hombre orgulloso de sus logros, comprensivo más que vengativo, pragmático y buen administrador, intuitivo más que sabio, y empático con los más débiles.
En su batería de estrategias, otra de las claves comunicativas fue el borrar el pasado inmediato y apropiarse del éxito de la prosperidad brasileña. Su expresión más común en discursos y entrevistas era “nunca na história deste país…”, un marco que constantemente ignoraba la herencia de un Brasil ordenado y sano que le dejó su antecesor, Fernando Henrique Cardoso.
En sus intervenciones usó constantemente metáforas, simplificó sus discursos, utilizó palabras de uso común, desplegó siempre mucha energía, y reforzó su relato con alusiones constantes a su vida como ejemplo de superación. Es el protector, un hombre fuerte pero justo que, además, logró consolidar un aura casi inexplicable de honestidad (los casos de corrupción que pudrieron al corazón del Partido de los Trabajadores le resbalaron, como si nada).
Y al final, las lágrimas. Un elemento que le permitió resolver con éxito uno de los retos más difíciles de su arquetipo: alejarse de la figura del padre castigador, con un despliegue de sensibilidad auténtica que no significó nunca la pérdida de energía; y lo usó desde el primer día. Que un presidente llore, de verdad, frente a las cámaras en una entrevista televisiva o ante cientos de personas durante un discurso, es un recurso muy potente para reforzar el orgullo por el trabajo realizado (obra de gobierno), la sensibilidad por los más débiles (empatía), los recuerdos de momentos difíciles (relato de vida), o la alegría por ganar la candidatura olímpica (la concreción de un sueño).
Al final, todos los recursos suman para alcanzar la meta deseada: Lula y su equipo quisieron que los brasileños confiaran en su presidente como un buen padre protector, y lo consiguieron. Más allá de las lágrimas ocasionales, el de Lula es un buen ejemplo de construcción de un liderazgo político auténtico, positivo y efectivo; muy distinto a otros que se han forjado en la última década en América Latina.
Como muestra, algunos ejemplos del llanto presidencial carioca:
Julio de 2010 | En una entrevista en TV Récord, en la que llora al recordar un crédito otorgado a una cooperativa de papeleros.
Mayo de 2010 | En la última celebración, como presidente de Brasil, del Día Internacional del Trabajador
Abril de 2010 | En una entrevista en RedeTV, en la que llora al recordar la muerte de su primera esposa.
Octubre de 2009 | En la rueda de prensa posterior a la elección de Río de Janeiro como sede de las Olimpiadas de 2016.
Julio de 2009 | En la intervención durante el 51º Congresso da União Nacional dos Estudantes
Noviembre de 2002 | En la primera proclamación como presidente electo de Brasil.